miércoles, 28 de noviembre de 2012

Tengo ganas de ti. (Cápitulo 20).


Francesco. Pensar que me parecía tan encantador. Aunque hay que reconocer que la verdad sobre el amor se demuestra con el tiempo. Al principio todo te parece agradable. Después,cuando la historia arranca, lo que parecía agradable puede volverse bonito, incluso eternamente bonito... Pero la mayoría de las veces degenera y acaba siendo un espanto. Pues bien. Francesco fue la excepción. Consiguió que fuese aún peor. Un imperdonable error de ruta lo había estropeado todo. Jamás olvidaré esa noche.


-Entonces, ¿qué dices? Vamos al Gilda, ¿te apetece?
-No, gracias, France, mañana tengo el examen de historia y ni siquiera he acabado el
capítulo.
-Está bien, como quieras... Te llevo a casa.


Esa noche ha conducido más de prisa que de costumbre, pero yo no he prestado atención.
Bajo del coche.


-Adiós, buenas noches... ¿Tú qué haces?, ¿vas al Gilda?
-No, no, si tú no vienes, no vale la pena. Además, yo también estoy cansado.


No me acompaña al portal, pero, por otro lado, nunca antes lo ha hecho. Qué raro, y sin
embargo esta noche me molesta. Francesco apenas ha esperado a que girara la llave en el portal y mi saludo desde lejos para marcharse como una exhalación. De prisa, demasiado de prisa. Son sensaciones, sensaciones absurdas. Pero a veces sensaciones sabias.
Más tarde. He estudiado y repasado el capítulo hasta lograr que algo me entre en la cabeza.
Miro el reloj: las dos y media. Llamaré a Fra. Me apetece oír sus palabras, distraerme un
poco con su voz. No puedo acostarme con el capítulo de historia todavía en la mente. No
responde al teléfono. Qué raro. Vive en el apartamentito que hay debajo de casa de sus
padres, el que le dejó su abuela, que se trasladó a Rieti. El teléfono no deja de sonar. No lo oye, o duerme profundamente o... No puede ser que no lo oiga. Joder, si está en casa, tiene que oírlo a la fuerza. Son dos habitaciones más una cocina y un baño. Conozco bien esa casa, he pasado allí varios fines de semana. Al pensar en el tiempo que he compartido con él me pongo aún más nerviosa. Han sido unos fines de semana muy íntimos y ahora él no contesta.No pasa nada, al fin y al cabo, no tengo sueño. ¿Sabes qué haré? Saldré e iré a llamarlo por el interfono. Camuflo lo mejor que puedo la cama, con un cojín debajo de las sábanas donde debería estar mi cuerpo y la ropa para ir mañana al colegio ya preparada en la silla. Después, poco a poco, paso junto a la habitación de mis padres de puntillas, cojo la llave del Polo y me marcho en mitad de la noche. Pero ¿y si ese idiota ha ido al Gilda? Las tres y diez. Mejor pasar antes por allí.
El portero, que me saluda.


-Hola, Gin, ¿qué haces aquí a esta hora?
-¿Tú qué crees?
-Te apetece bailar...
-En realidad, quería hacer de portera por una noche.
Se ríe a gusto.
-Cómo eres, ¿eh?
-Oye, no veo el Mercedes de Francesco.
-Bonito coche, ¿eh? 
-Sí, muy bonito. ¿Sabes si está dentro?
-No, esta noche no ha venido. Lo sé porque no me he movido de la puerta. Además, también lo buscaba Antonello, que ha entrado hará una media hora. Lo ha buscado dentro y se ha marchado. No estaba, le ha dado plantón porque me ha dicho que habían quedado.
-Está bien, pues si lo ves, dile que lo estoy buscando. 
-De acuerdo. Adiós, Gin, buenas noches.


¡Sí, buenas noches... ojalá! Esta historia de no encontrarlo me está poniendo nerviosa. Paso por debajo de casa de Francesco. Nada, el Mercedes no está. Pero ¿dónde coño se habrá metido? Qué demonios, si son las tres y media. Mañana tengo el examen. Me quedan
apenas cuatro horas de sueño, siempre que consiga encontrarlo a tiempo. Lástima que Eleanora no esté. Ele, como la llamamos nosotros, es mi mejor amiga. Ha tenido que marcharse, se ha ido a la Toscana a ver a unos parientes. Ostras, si estuviera, me
haría compañía. Cualquier excusa es buena para Ele para estar fuera de casa hasta que
amanezca. Lástima.
Bueno, como vive aquí cerca pasaré por casa de Simona. Simona es muy romana, pelo rubio, un buen cuerpo, un poco rara, pero me cae simpática. Hace un año que
vamos juntas y hemos establecido una buena relación, naturalmente, mal vista por Ele. Ella
dice que en el fondo es una imbécil. <<Confía en mí esta vez la inocente eres tú.>> Yo me río. Ele es celosa. Es normal, no soporta que de vez en cuando Simona y yo nos veamos. Ya está, he llegado debajo de su casa y aquí sucede lo inverosímil... O mejor dicho, lo verosímil, en vista de que, mientras llamo al interfono de Simona, se abre el portal y sale Francesco. Cuatro menos cuarto. Y como si no bastara la hora, va sin corbata, lleva la camisa desabrochada y, lo peor de todo, tiene esa cara que he visto tantas veces. Demasiadas. Ahora las lamento todas. Después de hacer el amor, todos nos dulcificamos. Nuestros rasgos se suavizan, los ojos se humedecen ligeramente, los labios se vuelven un poco más carnosos y se llega a la sonrisa con mayor facilidad, pero más lentamente. A Francesco no le da tiempo a decir nada.


-Gin, yo... 


Lo intenta, pero le escupo a la cara. Un gargajo perfecto. Le acierto de pleno y ni siquiera lo miro. Mientras me marcho, sólo pienso en que se limpiará.


-Gin, para, te lo explicaré todo,
-¿Todo el qué? ¿Qué hay que explicar? 


Subo al Polo que he dejado en doble fila y él me alcanza, intenta bloquearme la portezuela, pero no le da tiempo. Subo y echo el seguro.


-Gin, no es lo que piensas. Es la primera vez que lo hago. Venga, no te marches, Gin. -Espera un momento y después dice algo que no hubiera querido que me dijera nunca, al menos no en ese momento-: Gin, yo te quiero.

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